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25-08-2021

Emprendimiento familiar sostenible que empodera a las campesinas y se abre paso en el mercado europeo

Empoderamiento a campesinas mediante el aprovechamiento de los hongos boletus luteus, producto que ya exportan a Europa

En la zona altoandina de La Libertad, está el distrito quechuahablante de Incahuasi, a más de 3 mil m.s.n.m. Entre sus más de 70 caseríos, está el de Piedra Parada, hogar de César Huamán. Pasó su infancia entre árboles, cielo despejado, aire puro y palpando el trabajo en el campo. Por ese entonces, poco o nada se sabía de la reforestación y su importancia. No fue hasta la década de los 90 que -con la llegada de ingenieros belgas y la repoblación de bosques de pino- el ecosistema del distrito cambió. Para recoger leña (que usaban para cocinar), caminaban entre tres a cuatro horas; con la reforestación, la tenían al alcance. Entre los arbustos, además, crecían setas que podían aprovecharse. César, ya ingeniero, emprendió una investigación en la que no solo encontró que los hongos boletus luteus eran un producto comestible, sino también que podía exportarlo.

El proyecto fue tomando forma. No solo generaría un ingreso a la comunidad, sino también empoderar a las mujeres de la zona. César vio que su mamá y papá, tía y tío, abuela y abuelo trabajan por igual, pero solo los varones administraban las ganancias. Situación que se repetía en el resto de hogares. “Siempre estuvo en constante investigación. Él quería un negocio sostenible que permita desarrollar en lo social, económico y ambiental. No solo que quede en uno, sino que permita a ayudar a nuestras comuneras, a nuestra familia, a nuestra sociedad”, cuenta la ingeniera Margaret Manayay, sobrina de César. Así, en 2012, nació Simbiosis (término que aplica a la interacción/asociación biológica de organismos para beneficiarse mutuamente), un proyecto que empodera a la mujer campesina a través del aprovechamiento de los recursos naturales.


Mágico alimento

Las setas, que salen en temporada de lluvia, están en los bosques de pino. Al no ser cosechado, no se emplea ningún producto químico para su recolección. Las comuneras (o ‘mamitas’, como las llama Margaret) se toman entre dos a tres horas -entre sus actividades diarias- para reunirlo. El secado es clave. La gran diferencia de hacerlo de forma artesanal es que esta última contamina el producto. “Cuando las setas se secan, se deshidratan y desprenden un olor que atrae las moscas, los zancudos. Eso ya le quita calidad al hongo”, explica Margaret. Por eso, se les asigna un secador de acuerdo con sus parcelas: si tiene media hectárea, se le asigna el secador 1.0: de una a dos hectáreas, el 2.0 y si tiene más, el 3.0. Eso, claro, previa capacitación para la recolección. “Dentro del acompañamiento técnico [de recolección] les enseñamos lo que es la limpieza del producto, el tamaño de corte que piden para la exportación, el tiempo de secado. También les damos el acompañamiento comercial: hacemos de intermediarios para que puedan exportar estas setas”.


Esta iniciativa trabaja con 500 mujeres en las regiones de Lambayeque, Amazonas, La Libertad y Cajamarca, que generan renta entre los 2000 a 7200 soles en temporada de lluvia (suelen vender 15 toneladas), a comparación de los 300 soles que generaban antes de trabajar con ellos. La pandemia, por desgracia, golpeó fuerte. “Dejamos de trabajar con las mamitas en toda la cuarentena, pero ellas tenían mucha fe que íbamos a llegar a sus comunidades. Cuando bajaron las restricciones, pudimos visitarlas. Logramos vender su producción (solo 5 toneladas)”.

Actualmente exportan a los mercados de Alemania, Francia y Polonia setas deshidratadas de calidad gold. Entre sus proyecciones está exportar más de 25 toneladas, sumando a otras comunidades de Ancash, Huánuco y Cusco. “Ver que una mamita reciba un precio justo por la venta de los hongos y que le permita mejorar su calidad de vida para dar estudios a sus hijos... Es muy satisfactorio para nosotros”. 

Fuente: El Comercio